La CONFER os desea una feliz Navidad 2022

Madrid, a 20 de diciembre de 2022 (IVICON) ; El Presidente de la CONFER, Jesús Días Sariego, OP y la Vicepresidenta Lourdes Perramon, OSR han publicado el tradicional texto de felicitación de la Navidad a todos los religiosos y religiosas.

Reproducimos a continuación el mensaje de felicitación, que también puede ser descargado en este enlace  

Queridas hermanas y hermanos,  

Todos los días las comunidades religiosas, en la oración de la mañana, proclamamos el Benedictus: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1, 78-79). Este cántico profético de Zacarías a su propio hijo Juan, el precursor, nos une a todas las familias religiosas en una misma alabanza. Nos recuerda que ante la venida inminente del Señor se cantaron muchos cánticos, expresando así una disposición personal y colectiva de acogida al que ha de venir. Durante el tiempo litúrgico del Adviento hemos tenido la oportunidad de prepararnos para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios. Este cántico nos une en una sola voz por lo que expresa y por el compromiso que conlleva.  

La promesa recibida y acogida en el seno del pueblo de Israel se ha cumplido. El Hijo de Dios ha nacido. Nosotros celebramos ahora con júbilo esta inmensa alegría. Cantamos con gozo la venida de Jesús como el “amanecer de un nuevo día para el pueblo de Dios”. La inauguración de un tiempo en el que en el mundo deberá reinar la justicia para todos, la armonía entre los pueblos y la paz universal. Esta experiencia de fe es una sabiduría para la vida. Una certeza que nos lleva a asumir con responsabilidad y destreza los compromisos que los diversos carismas tenemos con los hombres y mujeres de nuestro tiempo.  

El nacimiento de Jesús ha de marcar el momento personal y congregacional, porque algo extraordinario tiene lugar. El profeta Zacarías, mudo de incredulidad, se llena de Espíritu Santo cuando se abre de forma radical al proyecto de Dios para la humanidad y se deja sorprender por un nacimiento que le toca de cerca, el nacimiento de su hijo en plena vejez. Al profeta le cuesta discernir lo que Dios quiere para su pueblo, pero se pliega al designio divino con fe; entrega su confianza total, aunque aún no logre comprender del todo lo que está pasando en su fuero personal y en sus relaciones familiares. Esta bondad de Zacarías cautiva, podríamos decir, a Dios mismo. Tanto es así que Él, con su gracia, se manifiesta en la bondad de este anciano apegado al templo; aprecia su justo comportamiento y el compromiso de su vida al cumplir con honestidad los mandamientos y preceptos de la tradición religiosa que profesa.  

Quizás nosotros estemos también viviendo un momento personal y congregacional que nos asemeja a la mudez del anciano Zacarias. Quizás podamos experimentar una cierta esterilidad en nuestros trabajos apostólicos o, en todo caso, no logramos ver del todo los frutos sembrados que nos gustaría disfrutar. El momento histórico en el que nos encontramos como familias religiosas parece cuestionarlo todo, incluso la propia vocación y el sentido del carisma que hemos profesado. El horizonte parece borrarse y encontramos dificultades al interpelarnos con el poeta Antonio Machado, al que ahora parafraseamos:

«¿Quién nombra los caminos que comienzan a borrarse?». La afluencia de jóvenes comprometidos con una vocación carismática para la vida consagrada se reduce en nuestro continente y ello a pesar de los ingentes esfuerzos en la pastoral juvenil y vocacional. Esto nos duele, al no percibir con claridad la continuidad y frescura que toda generación joven trae cuando se incorpora. ¡En fin! cada día percibimos con más fuerza lo que muere y no logramos captar del todo lo que está naciendo y quiere brotar. Esto, inevitablemente, nos afecta y hasta puede desestabilizarnos por dentro e incluso desanimarnos.  

Sin embargo, Dios siempre nos sorprende como ha sorprendido a Zacarías. El mensaje de la Navidad celebra un nuevo nacimiento, debido a que la misericordia de Dios es entrañable para con nosotros. La sorpresa brota de sus entrañas, de su ser más íntimo, donde la implicación con lo prometido es mucho mayor. Un compromiso con nosotros, ya que en el misterio de la encarnación nos hace descubrirnos en el mismo seno de Dios, al establecer un vínculo tan profundo con la humanidad. Sí, la vida consagrada tiene futuro y nace cada día, porque se halla en el sueño y las entrañas mismas de Dios.  

Este amor y misericordia tan entrañables no decae nunca. De aquí brota nuestra mayor esperanza. La vida consagrada no es estéril ni en su vejez ni en su reducción numérica, porque no se agota en nuestros discernimientos y proyectos, ni en nuestras ideas y sugerencias, ni en las actividades y tareas que realizamos. Tampoco se deja aprisionar por los problemas y dificultades. Cada Navidad es una “sorpresa” que nos invita a ir más allá de las planificaciones y programas. Más bien la Navidad humaniza nuestra pobre humanidad. La vuelve más cálida y acogedora. La orienta hacia lo fundamental y la eleva a su mejor dignidad.  

Nos debemos al hombre y a la mujer de hoy. La Navidad también es para ellos. Lo que Dios realiza en nosotras, en nosotros, es para todas las personas. Aún más: lo que nos hemos propuesto, lo que se nos ha encomendado, se realiza en la medida en que logremos ser “voz del profeta” que anuncia luz en las tinieblas de este mundo, vida en medio de la muerte y la destrucción; que acompaña los pasos de la humanidad en sus aciertos y errores. ¡Dejémonos, pues, sorprender nuevamente por Dios en esta Navidad para querer y servir mejor a las personas que tenemos a nuestro alcance!

Un año más se nos brinda la posibilidad de celebrar el misterio de la Navidad. Una nueva oportunidad se nos ofrece para renovar la mente y el corazón, para que miremos las cosas de aquí abajo con el cariño que Dios las mira. Una experiencia, la de un nacimiento, para renacer a la esperanza, para comenzar de nuevo. Un sueño, el de Dios, para configurar en fidelidad la propia vocación. Una certeza, la de la encarnación, para acercarnos a toda realidad, para vivir cada encuentro, como epifanía y abrazo de este Dios que nace hoy y siempre.    

¡Feliz Navidad!

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